Emilio Gañán


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SILENCIO!!!

Javier Hontoria

 

Hay algo de paradoja en el título de este texto. Vengo a pedir silencio airadamente, silencio en su cualidad elemental, como aliado del rigor y la medida, de la serena y más atenta concentración. Pero una cualidad anhelada con signos de exclamación. De unos años a esta parte, la pintura se ha abierto paso a voz en grito por su permanente cuestionamiento, casi como para no dejar lugar a la duda y parecer incuestionable a los ojos de todos. Pintura furiosa. Pintura que ruge en un querer siempre hacerse notar. Beber de las fuentes de hoy, de las nuevas tecnologías y los resultados de la espectacular consolidación de las estrategias de difusión de la cultura de masas, ha propiciado el rejuvenecimiento de un medio que presume de un dinamismo y una vitalidad desconocidos hasta ahora. Porque todo lo relacionado con la pintura se expresa hoy con grandes alardes tipográficos. Si el Pop mató a los últimos pintores, son a día de hoy esas mismas estrategias utilizadas por Warhol y compañía las que despejan todas las dudas que la propia pintura ha suscitado, situándose, otra vez, en el primer plano de la actualidad. Hoy el pintor no es el genio atormentado –siempre pienso en la imagen de Pollock despilfarrando pigmento- absorbido por su trabajo. El pintor de hoy toma sus imágenes de internet y las tiene almacenadas en su laptop para poder utilizarlas en cualquier momento. Cuando quiere hacer uso de ellas, éstas fluyen como torrentes, desbocadas, inundando y abnegando espacios.

 

Por eso resulta altamente gratificante ver cómo se puede revitalizar un medio sin necesidad de cataclismos. Todo el estruendo de la pintura última poco tiene que ver el artista que aquí nos ocupa, Emilio Gañán, extremeño de Plasencia, uno de los pintores jóvenes más consecuentes del panorama español. El trabajo de Emilio Gañán juega con las herramientas básicas del lenguaje pictórico –el chasis de la pintura, dijo una vez- y las convierte en protagonistas centrales de sus pinturas. El pintor habla abiertamente de Mondrian y Malevitch, de Kandinsky y Barnett Newman, artistas que, reduciendo el gesto pictórico a la mínima expresión –piensen en el Cuadrado blanco sobre blanco de Malevitch o en Onement I de Newman- rompieron moldes avanzando incluso, muchos de ellos, más allá del arte. De todos ellos admite el pintor su influencia pero es en la pintura de Barnett Newman donde, en mi opinión, encontramos mayores analogías. Y Onement I es precisamente el germen en esta relación entre pintores. Un cuadro que, como se ha dicho en numerosas ocasiones, contiene el principio y el fin de la pintura de Newman y que sería el punto de partida para el juego de variaciones que sobre un único tema desarrolló hasta el final de su vida. Un arte de procesos, como el de Mondrian.

 

La obra de Emilio Gañán vive de la conjunción metódica de superficie, línea, plano y color, elementos fundacionales del ejercicio pictórico. Liberados de toda anécdota, estos elementos conforman un riguroso entramado que también crece a partir de sutiles variaciones. Es la suya una actitud ascética, siempre en las antípodas del ornamento, liberada de lo accesorio y lo prescindible. Me gustan mucho unas palabras de Goytisolo con las que se refiere a la obra del poeta José Ángel Valente. Dice que su poesía es “esta planta del desierto cuyas raíces buscan y hallan la veta subterránea que la alimenta y cuyas ramas apuntan con esbeltez hacia el cielo. Ningún excedente o carencia la engrosa ni enmagrece. No necesita podas ni dietas adelgazantes ni curas contra la anemia. Es concisa y rica, nodular y abierta.” Conciso y rico son dos adjetivos que bien pueden definir la obra pictórica de Emilio Gañán, a los que yo añadiría, en esta primera fase argumental, su constancia, tenacidad y astucia en la búsqueda de las posibilidades combinatorias de esas herramientas primarias.

 

Pintemos ahora un cuadro de Emilio Gañán. Hay una intención siempre presente de hacer suyo un espacio, de actuar sobre un fondo neutro, siempre monocromo, que el pintor entiende como extensiones vibrantes de color. El espectador de esta muestra en Pamplona puede ver en los papeles rojos surcados por líneas blancas, una serie de territorios de fuerte carga emocional. La relación con el citado Barnett Newman -pintor que, significativamente, no sólo fue uno de los adalides de la pintura de campos de color sino que también ejerció una influencia notable en artistas como Donald Judd o Dan Flavin- es aquí clara. Y es precisamente en esta brecha donde debemos insertar esta primera fase del trabajo de Emilio Gañán, la de esa suerte de aprehensión de amplios espacios, incitadores a un tipo de contemplación cercana a lo extático a partir de una acción sutil y precaria pero enormemente precisa. Hay pues dos planos de actuación en estos trabajos. La inclinación hacia extensiones pictóricas vibrantes y desvaídas y la imposición de un orden posterior, la entrada en escena de un claro componente racional. Son estos dos modos de actuación, a priori antitéticos, los que propician, unidos, una certera sensación de equilibrio.

 

Pero por paradójico que parezca, en estas pinturas la intuición juega un papel fundamental. Se suele hablar de la importancia de Mondrian como figura capital en el aprendizaje de Emilio Gañán. Está el evidente interés común por la geometría y su inclinación hacia formas primarias. Pero el equilibrio de Mondrian es otro. Para el holandés la razón de ser de sus pinturas nacía de la relación entre fuerzas horizontales y verticales, una oposición binaria que producía un equilibrio eterno. En esas líneas binarias se condensaba toda la verdad del mundo. Emilio Gañán no tiene pretensiones místicas si bien la contemplación de sus cuadros sí puede suscitar una cierta espiritualidad. La suya es una actitud sencilla y humilde ante las posibilidades que le ofrece la geometría. Es permisivo con el azar, sabe que puede aparecer en cualquier momento en ciertos lugares como también sabe cuando hay que seguir adelante sin pestañear. Así pues, la relación entre la pintura de Mondrian y la de Emilio Gañán debe encontrarse en otro lugar. Algún lugar quizá más afín a una idea de musicalidad.

 

Nacen, como he dicho, sus trabajos de principios básicos de la geometría. Son líneas que el artista sitúa en algún lugar del campo de color y que se originan a partir de una ejercicio de enorme precisión. Trabaja por medio de cintas que se adhieren al campo de color con las que traza las líneas, siempre rectas. Es pues un trabajo atento pero no por ello dejan de existir huellas del proceso, algo con lo que Gañán convive sin problemas. Estas líneas sirven de referencia para otras muchas que irán surgiendo a posteriori y que definirán una estructura secuencial. Lo lógico es encontrar tramas formadas por horizontales y verticales, fórmula que interesa mucho a Gañán en tanto que gesto primario, algo que vuelve a remitirnos a Newman –y a Valente, en esa obsesión por la raíz desnuda de las cosas-. Dice recordarle a Chillida y a esa relación que el escultor donostiarra decía encontrar entre el hombre y su sombra. En el cruce entre las horizontales y verticales comienza la sucesión de combinaciones y la naturaleza rítmica de su pintura. Porque en el fondo, si hay algo que resiste en la pintura de Emilio Gañán es el ritmo, sea regular o sincopado, suave o abrupto. Y es aquí donde volvemos necesariamente a la figura de Piet Mondrian y su relación con el jazz, que descubrió a su llegada a París tras su periodo neoyorquino. Mondrian, que concebía el jazz como una “bomba musical” –era para él lo que el ajedrez para Duchamp- pronto se vio seducido por esa idea de libertad que le ofrecía el jazz, la posibilidad de alterar el espacio perceptivo de la pintura a través de dislocaciones rítmicas. La pintura de Gañán bebe también claramente de secuencias rítmicas en las que interviene el azar pero también un notable rigor formal. El propio artista admite la búsqueda de una cierta complacencia en los ritmos –y arritmias- de sus estructuras geométricas y esto es algo que tiene que ver con un anhelo de lirismo. Pero no nos llevemos a engaño: en su conferencia sobre la exactitud, Italo Calvino denunciaba a Giuseppe Leopardi por un lenguaje tanto más poético cuanto más vago e impreciso.

 

La de Gañán es un tipo de contemplación que produce una sensación ensimismada pero que nos obliga a mantenernos atentos a una levísima ilusión musical, como levísima es también la apariencia tridimensional de algunas de sus pinturas. Hemos de decir que Emilio Gañán es un pintor abstracto cuyo trabajo se sitúa en aquella línea defendida por Greenberg de la que Manet es primer espada. El hecho de que en algunos de estos trabajos se pueda adivinar una cierta alusión de espacio, de profundidad es algo que el pintor cree posible pero no es bajo ninguna circunstancia premeditado. Tampoco niega su vinculación con la arquitectura, terreno que conoce y le atrae –se confiesa muchas veces más interesado por las revistas de arquitectura que por las de arte-, con la fascinante dimensión escultórica de muchas de las arquitecturas contemporáneas. Muchos de estos trabajos parecen planimetrías y eso es algo razonable considerando que no niega nunca el pintor su intención de trabajar en torno al espacio si bien podríamos decir que la suya es una labor más bien especulativa, siempre atento al comportamiento de la línea sobre el plano y su deriva rítmica.

 

Juega además un papel importante en estos espacios la línea diagonal. Es un elemento flexible que es utilizado con mesura y cierta discreción, sin movimientos excesivamente dramáticos. Pienso en una serie como Arritmias, de 2004, en la que Gañán planteaba ligeras variaciones a la rígida secuencia de horizontales y verticales. Así, en esta serie, como en otra posterior presentada en la galería Fernando Pradilla de Madrid, se plantea la diagonal como una “vía de escape” a la rigidez que se desprende del seguimiento más o menos exacto de los límites del lienzo o el papel. La diagonal suscita siempre una idea de movilidad pero también de un estatismo que vibra levemente. Dice Palazuelo –en conversación con Kevin Power- que admira la condición ambivalente de la diagonal, ese “misterio de la ambigüedad, de lo que se mueve pero que está inmóvil”.

 

En muchas ocasiones Emilio Gañán utiliza formatos extremos, verticales a veces, como altas columnas, horizontales otras, como larguísimos frisos. Quiere el artista salirse de lo convencional pues muchas veces la línea necesita avanzar hacia otra realidad perceptiva. Si la suya es una obra que maneja una evidente economía de medios, es sin embargo ambiciosa en su dimensión espacial con líneas que se prolongan hasta lugares extremos en los que el limite queda lejos del primer vistazo. Los referentes de Emilio Gañán son claramente los referentes del modernismo pero nuestro pintor no quiere que se perciban sus cuadros desde una óptica modernista. Más bien al contrario, busca el deslizamiento de la mirada en este resbaladizo contexto del arte de hoy.